Una cerveza tan helada que le costaba atravesar el cuello de la botella, dos amigos que me habían convencido a última hora para salir, y un sonido ambiente propio de un bar de mala muerte que sirve cerveza a bajo precio aliñado con un grotesco olor a sudor. Y allí estaba sentado yo, en una mesa con dos amigos haciendo como si escuchara a uno de ellos hablar de la irlandesa a la que le comió la boca la noche anterior e intentando hacer como que me reía acompasadamente con sus risas. Allí estaba yo divagando en el infinito.
De pronto, una chica entró por la puerta de aquel bar, distinguiéndose entre el gentío amontonado en la barra. Letra descuidada y un tatuaje en la muñeca con rima rizada y rojiza casi de bosque otoñal. Era verso. Tan verso que sus pestañas hacían sinalefa encajando la métrica perfecta de sus labios con sus caderas. Esa chica era tan verso que Lope se hubiera resignado y lanzado sus sonetos al fuego de la chimenea. El verso alejandrino más surrealista plasmado en carne y hueso.
Yo estaba allí, a escasos metros de aquella chica cuando sin boceto ni planteamiento previo, sonrió. Dibujó una sonrisa pura, sincera. Y las golondrinas de Bécquer volvieron para verla sonreír. Y la Nana de la Cebolla dejó de llorar. Y yo no pude más que empatizar con Stendhal. Solo esa sonrisa ya era Florencia entera.
No pude prevenirlo. Juro que no pude adelantarme a sus pasos. Sin poder hacer nada al respecto, ella caminaba hacia donde yo estaba, con mi cerveza casi caliente y mis amigos. Y cuando el Romancero Gitano se percató de su venida no pudo más que agachar la cabeza sumiso. Y mi corazón se puso a galopar, a galopar, hasta enterrarme en el mar. Su fragancia me envolvió mientras continuaba su paso. Pasó por mi lado, siguiendo en su camino sin mirar atrás. Vi como la sinalefa de sus pestañas se devanecía con la métrica de sus labios. Y fui vencido. Aun con manuales y tácticas de Benedetti fui vencido. Y el rayo cesó.
Comenté con mis amigos el irnos a otro lado. No pusieron reparos. Y fuimos a otro antro, buscando mujeres que no conocieran de poetas ni segundas noches. Mujeres que nunca lloraron el poema veinte de Pablo Neruda.